Cualquier padre, madre, tío, o maestra jardinera que se disponga a leer Pinocho, Caperucita Roja, o Los Tres Cerditos a su hijo, sobrina, o flor de kindergarden deberá tener muy presente la incidencia del móvil.
Por ejemplo, con la historia de Hansel y Gretel, cuando estemos contando que los hermanitos se encontraron con que unos pájaros se comieron las bolitas de pan que ellos habían dejado como rastro para regresar a casa, nuestra hija, sobrino o pequeños alumnos podrían atentar contra el clímax narrativo diciendo: “No importa, que lo llamen al papá por el móvil”.
Y no es un chiste, es exactamente lo que le pasó a Hernán Casciari con su hija, lo que lo llevó a pensar que un chico de hoy «no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica».
Lo más interesante de esta nueva noción, especialmente para quienes se dediquen a la teoría o crítica literaria, será pensar cómo está afectando a la producción y la recepción de obras escritas con una noción anterior.
No es algo sobre lo que no haya experiencia previa; pero en lo que haga a la producción de obras ubicadas en esta nueva época, con idea de comunicación instantánea y móvil, la variedad de conflictos originados en la distancia, el desencuentro y la incomunicación no podrán existir tal como los conocimos hasta ahora.
Las dificultades que los escritores utilizábamos como recursos para armar nuestras historias caerán como nunca antes: inútiles para crear retrasos y equívocos, la nueva situación no podrá dejar de afectar la forma de dar una trama y una estructura a los textos narrativos de ficción.
Casciari se mete con esto en su artículo El móvil de Hansel y Gretel. Nos propone poner un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista de la historia clásica que queramos imaginar y nos pregunta: ¿Funciona la trama, ahora que los personajes pueden comunicarse de distintos modos y desde cualquier sitio? Y afirma: «la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor».
Nos hace preguntarnos si Penélope esperaría con incertidumbre a que Ulises regrese del combate, nos asegura que, con un teléfono en la canasta, Caperucita alertaría a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no sería necesaria, y que Tom Sawyer no se podría perder en el Mississippi, gracias a los servicios de localización global que traen la mayoría de los nuevos dispositivos móviles.
Romeo y Julieta basa su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata; entonces ella, al despertar, se suicida realmente. «Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil», nos dice Hernán Casciari, sin dejar de lado su buen humor, «le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis: M HGO LA MUERTA, PERO NO STOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCES. BSO» y los capítulos finales ya no tendrían sentido.
Según Casciari, la telefonía inalámbrica va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante y las hará «más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles».
Antes de finalizar El móvil de Hansel y Gretel, se pregunta si estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real: ¿correremos al aeropuerto para decirle a la mujer que amamos que no suba a ese avión... o le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, desde el sofá?
Y pregunto yo, lector que estás leyendo, ¿ya te sucedió que te hayan pateado por mensaje de texto? ¿Te han roto el corazón de un modo tan perezoso?
Daniel San Martín
14 DIC 2008 ·Contactar |