Él mira hacia la hornalla y se levanta.
—Voy a hacer café —dice—. ¿Vos querés?
Ella no contesta.
—Disculpá, ya sé que no podés hablar. No te estoy cargando, preguntarte es como una forma de decir... ¡Qué se yo!
Cierra la canilla y apoya en la mesada la pava llena. Trata de prender el gas.
—¡Aparato de mierda!
Lo deja con brusquedad y cierra el gas.
—¿Dónde están los fósforos? ... Disculpá, me sale de costumbre preguntarte.
Encuentra los fósforos y abre el gas. Apoya la pava en la hornalla y gira hacia ella. La mira.
—¿Sabés?, mejor que no puedas hablar. En serio, mejor: hoy voy a hablar yo. Siempre hablás vos, pero hoy voy a hablar yo. Voy a aprovechar porque nunca me puedo hacer oír. Ahí está: hoy me voy a hacer oír. Espero acordarme de todo lo que me tuve que callar en estos años, aunque lo dudo. Y no pongas esa cara, que me vas a tener que escuchar igual.
Se la queda mirando en silencio. Vuelve a su silla y sigue mirándola.
—Ahora es difícil, no sé bien qué decirte. Nunca te vi así... La verdad: me da un poco de lástima.
Estira la mano hacia ella, como queriendo tocarla; pero no está lo suficientemente cerca.
—Me tendría que levantar para poder tocarte. Pero igual vas a estar lejos, siempre estuviste lejos. ¿Nada podés hablar? ... ¡Qué idiota! ¡Ahora que tengo la oportunidad quiero que hables! Lo que pasa es que me cuesta decirte lo que quiero. Cuando no puedo, que no puedo porque vos me enrollás y no me entendés hasta que al final te dejo hablar a vos... cuando no puedo pienso que si estuvieses atenta y con la boca cerrada yo me explicaría mejor, que me haría entender, no sé.
Vuelve a levantarse. Echa una, dos, tres cucharadas. El agua hirviendo moja el café y cae en la cafetera.
—Es molido a la vista. Cuando lo compré me querían dar un paquete de este mismo, pero que lo habían hecho hacía un rato y ya lo tenían empaquetado, ¿entendés? Pero yo le dije que no, que quería que lo muelan delante mío: si dice molido a la vista es molido a la vista, dije. Y lo molieron, me hice respetar. ¡Ves, vos que siempre decís que no sé hacerme respetar!
Sirve dos tazas y las pone en la mesa. Pone la azucarera casi al lado de la taza que le corresponde a ella.
—Yo lo voy a tomar amargo, voy a empezar a hacer régimen.
Agarra la taza con las dos manos y apoya los codos en la mesa. Sopla el café.
—Y bue, al final me quedo callado como un idiota. No es que no se me ocurra nada, pero... no sé. Además estoy cansado. Vos podés descansar todo lo que quieras, pero yo voy a tener que ir al laburo sin dormir. No me voy a ir a dormir ahora, que faltan dos horas para que salga. Además no puedo.
Toma el café y se queda con la mirada perdida, cansada y perdida. Cierra los ojos despacio y los abre para mirarla.
—¿No tomás el café? ¡Se te va a enfriar! Bueno, hacé lo que quieras.
Mira al piso y dice:
—Quedó todo manchado. Pero igual hay que levantarlo. Mejor lo hago de una vez. Vos quedáte acá, ya vengo.
Va hacia el fondo de la casa y vuelve a entrar con pala y pico. Después de enterrarla, sale para el trabajo.
—A la vuelta me tengo que acordar del cemento —dice, en voz alta, mientras camina.
Abril de 1990. |