En la presentación del libro Amoralejas realizada el lunes 20 en la UNLZ, el escritor Jorge Emilio Nedich comenzó su presentación afirmando que un buen autor se hace presente en las primeras líneas de su narración.
Inmediatamente dio lectura a las primeras líneas del cuento La traición, momento a partir del cual transcribimos a continuación la desgrabación(1) de las palabras pronunciadas por Nedich.
La conocí en el centro. Estaba vestida que era un espanto; pero me resultó atractiva. Era febrero a las tres de la tarde, con el calor y la humedad que los cambios de gobierno no le cambian a Buenos Aires. Dos meses después de lo convenido, lograba cobrar una serie de trabajos que había hecho para una empresa de cosméticos. Normalmente hubiese vivido más de un mes con esa plata, pero ese día la conocí.
Daniel plantea desde el comienzo del relato una ambigüedad que se asienta en una oscuridad, en una oscuridad que inquieta, porque más adelante vamos a ver que esa chica no tiene dieciséis ni dieciocho, que tiene doce, y este personaje es un señor, es un adulto, que pasa la noche con esa nena, con esa adolescente, y da rienda suelta a una serie de elementos que componen la personalidad de un personaje... no voy a decir trastornado, pero sí un personaje asentado sobre bases oscuras. Y esas bases oscuras es lo que me interesa de su relato, como lo plasma, como plasma esa oscuridad, como trasmite, como cuenta, como puede meterse allí y extraer, como peces del río, todas esas cosas que hacen a este tipo de personajes.
Otro de los factores que trabaja bien dentro del relato son los diálogos. Los diálogos no son tan fáciles. Voy a retomar la lectura.
—¡Qué le pasa! —me dijo.
No contesté. Quedé sorprendido porque no me tuteó... y porque también me hubiera sorprendido que me tutease.
—¡Qué le pasa! —volvió a decir—. ¿Por qué me mira?
—Por nada.
—¡Entonces para qué me mira!
—Te miro porque sos muy linda —le dije.
Trató de contestar algo pero no pudo. Retomó su camino con la vista hacia delante, pisando esos zapatos que no sabía dominar.
—¿De dónde venís? —pregunté.
—De una entrevista —dijo, dándose cierta importancia con esto.
Aquí se plantea la escena que nos va a llevar después a esa noche oscura que van a pasar, donde el personaje vuelve a meterse en una oscuridad mucho más profunda que esta. Porque ya no es la seducción sobre una adolescente y el hecho de acostarse con ella (y lograr ese propósito), sino que yace, detrás de ese deseo, un deseo mucho más patético, un deseo mucho más violento y que gana en tensión el relato, y a su vez a nosotros nos estremece porque este planteo que hace él de esta relación (que voy a volver a leerles un tramo) es lo que me hace pensar que estamos ante un escritor diferente.
¿Diferente por qué? Yo soy lector y corrector de estilo de Editorial Planeta y recibo a diario (ese es uno de mis trabajos), recibo a diario manuscritos: y siempre me encuentro que estoy leyendo la misma novela, o el mismo libro de cuentos. ¿Por qué? Porque me encuentro justamente con algo terminado, acabado, correcto, bien plantado... pero que no tiene identidad, no tiene vida, son cuentos o novelas que están encorsetadas (como antiguamente estaba encorsetado el soneto, que tiene su belleza pero impide otra, impide otro desarrollo). Los textos a los que hago referencia tienen esa característica: están encorsetados por lo correcto, por la buena escritura: pero no hay identidad.
Y para ser más claro con esto, aquel que le gusta la música, el tango por ejemplo, cuando escucha a Piazzolla, en los primeros acordes ya sabe uno que es Piazzolla; cuando escucha Troilo, cuando escucha Caló, cuando escucha D’Arienzo (podemos venir más acá: cuando escucha los Redondos, cuando escucha a cualquier otro grupo) aparece en esa música cierta identidad; y eso es lo que hace diferente a un escritor: la voz propia, la identidad, las ganas de narrar, las ganas de ponerse sobre el texto y tirar toda la carne. Y esto lo encuentro aquí.
Averigüé que se había ido de la casa esa madrugada, una historia como hay muchas y a la que no le presté mayor atención.
Escapa al lugar común, no quiere saber por qué se fue de la casa, no le interesa eso.
Le mentí todo, excepto mi profesión, mi nombre de pila y, lógicamente, mi cara. Dije que vivía en Rosario, que había llegado a Buenos Aires por cuestiones de trabajo y que dentro de unos días me volvía.
—¿Está en un hotel?
—Todavía no, tengo que buscar.
—¿Y la valija? ¿No tiene valija?
—No, lo que pasa es que... ¡iba a aprovechar para comprar ropa! Por eso no traje valija. Siempre que vengo a Buenos Aires aprovecho para hacer algunas compras.
—¡Pero igual la necesita para llevarse la ropa!
También lo que se destaca es la contraposición de sentimientos: hay un hombre que está buscando encontrarse con ese cuerpo, poseer ese cuerpo, y hay una chica que está a la deriva, que queda prisionera de estas manos; y esta contraposición de sentimientos también está muy bien trabajada. Más adelante vuelve a ocurrir algo similar; pero ya más adentro de la relación y del relato. Ella vuelve de la casa de los padres y curiosamente blanquea la relación ante la madre, le dice en donde está en términos generales, aunque no le especifica el lugar, y es allí donde este temor despierta en el personaje una furia incontrolable (que espero que ustedes después se hagan del libro; la idea es que compren unos cuantos y puedan leer lo que ocurre). Yo voy a referir a otro segmento del cuento para ver cómo trabaja él estos sentimientos de inocencia por un lado y de perversión por el otro.
A las siete de la tarde volvimos a encontrarnos. Por supuesto que estaba hambrienta y sin haber conseguido su empleo. Saberla en ese estado me hacía sentir poderoso. Le dije que íbamos a ir al cine y preguntó:
—¿No podemos ir después al cine?
Eso quería decir si no podíamos comer primero; pero con excusas de horarios postergué la cena para después de la película: la pobrecita se pasó catorce horas sin comer.
Aquí es donde este narrador se mete a buscar mucho más de esa oscuridad, mucho más de esa violencia, mucho más de ese asentamiento, de ese trastorno psicológico del personaje; pero que no está asentado en una causa, que no se justifica desde la psicología, desde algo que le haya pasado al personaje en su adolescencia que lo atraiga en esta adultez a cometer este tipo de acciones; sino que esas cosas se dan, se dan de manera natural, se dan de manera fresca, de manera espontánea. Y eso es lo interesante en el relato: esa espontaneidad. No pide permiso, es decir: no se basa en datos científicos, en datos psicológicos, o en la lectura de Freud para asentar algún comportamiento del personaje, lo hace directo. Después nosotros podemos reponer en qué se asienta o si se asienta en algo; pero ese derechazo con que plantea las cosas me parece una de las cosas, valga la redundancia, más rescatables.
La penetré despacio, lo más despacio que pude; pero igual lloró. Sentí lo mismo que la noche anterior, pero que haya llorado aumentaba mi asco y mi odio. Me bañé rápido, me vestí, y ya tenía el picaporte en la mano cuando dijo, acurrucada, desde la cama:
—Disculpá, era la primera vez.
Si uno quiere mirar desde algún costado moral (que no pide la literatura, la literatura no pide eso) hay cosas peores; pero hay mucho más de esto. Yo siempre sostengo, en mis clases, que la literatura es un cuerpo que se compone de muchas partes. Y uno tiene que ver todo ese cuerpo. Lo mismo que un estudiante de medicina: no puede decir yo voy a ver de la cintura para arriba porque de la cintura para abajo me da impresión o no entra dentro de mis concepciones. La idea es mirar el cuerpo, conocerlo y elegir después qué tipo de lectura queremos hacer o qué autores queremos tener en nuestra biblioteca.
A mí este trabajo sobre la oscuridad me interesa, como me interesa la obra de Lamborghini, que trabaja estos lugares oscuros; como me interesa la obra de Onetti, que lo aborda (sin este lenguaje directo; Onetti hace una especie de crónica por estas cosas; pero las deja latentes), como Guzmán, como muchos otros autores que abordan este tipo de cuestiones y saben rescatar de estas instancias aquello que sorprende. Porque en esta secuencia que leí (donde ella le dice “disculpá, era la primera vez” y él después de haber acabado la manda a la otra cama y, después de verla llorar siente odio y bronca) va en contra de esa pena que puede sentir el lector y lo lleva a un lugar distinto, lo ubica en otra posición de lectura: que reconozca otro tipo de sensaciones y otro tipo de sentimientos; y eso es lo interesante: lo saca del lugar común, lo saca de la pena y lo obliga a pensar de acuerdo a la composición que hace el narrador. Y eso me parece sinceramente destacable.
Bueno, no les voy a leer el final del cuento; voy a ser breve y voy a ceder la palabra para que sigan hablando de la obra de Daniel. Desde ya muchísimas gracias por estar presentes.
Nota: Se ha recortado la extensión de las citas al cuento La traición.
Sobre Jorge Emilio Nedich
Primera novela. “Gitanos para su bien o su mal” (Torres Agüero Editor. Buenos Aires, 1994). Galardonada con el segundo premio en el concurso internacional “Amico Rom” (Italia) en septiembre de 1995,
Segunda novela. “Ursari” (Torres Agüero Editor. Buenos Aires. Novela, 1997).
Tercera novela. “Leyenda Gitana” (Editorial Planeta. Buenos Aires. 2000). Finalista en Argentina del Premio Planeta 1999. Publicada en España bajo el título “La extraña Soledad de los Gitanos” (Ediciones del Bronce. 2001).
Cuarta novela. “El Pepe Firmenich” (Ediciones B. Buenos Aires. 2003).
También publicó cuatro novelas breves infantiles cuyos títulos son: “La primera vez que fui a La Bombonera” (Editorial Planeta, noviembre de 2004), “Me fui a probar a Boca” (Editorial Planeta, noviembre de 2004), “Dos desafíos” y “De Boquita a la selección” estas dos últimas publicadas en abril de 2005.
Última novela. “El aliento negro de los Romaníes” (Editorial Planeta, octubre de 2005). Finalista en Argentina del Premio Planeta 2004.
Actualmente coordina el seminario de narrativa de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y dicta talleres literarios.
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