En la presentación del libro Amoralejas realizada el lunes 20 en la UNLZ, el antropólogo Eduardo Urbano compartió su lectura con el público, la cual realiza desde su especial interés por la problemática de las identidades.
Urbano comenta en especial dos cuento: Afonía e Hijo mío, ¿por qué me has abandonado? Justamente son los dos cuentos del libro que pueden leerse completos en este sitio; si desea leer estos cuentos, simplemente cliquée en el título que desee.
De todos modos, en la siguiente desgrabación se han quitado algunas partes que adelantan la historia de estos textos a quienes no los hayan leído; cuando esto ha sucedido, donde lo requería una mejor comprensión, hemos reemplazado el texto extraído con [...].
A continuación, las palabras del antropólogo Eduardo Urbano.
Voy a usar el micrófono porque lo fui a pedir especialmente; sería una vergüenza que nos vayamos sin usarlo. En realidad mi costumbre me permitiría hablar sin él; pero en honor a la persona que lo trajo vamos a aprovecharlo.
Les voy a hablar primero de mi satisfacción, que tiene que ver en primer lugar con la de estar en esta casa, que es uno de mis espacios más queridos desde hace nueve años. La segunda es que sea esta casa la que auspicie un libro de uno de sus hijos. Otra es que sea un alumno que enriquece mi seminario el que haya escrito este libro y el que, además, me haya invitado a protagonizar un hecho que, como bien corresponde a un antropólogo, es curioso y extraño: un antropólogo hablando de un libro de cuentos.
No siendo un hombre de letras, en función de esto no tengo dudas de que se trata de una publicación auspiciosa: cuentos cortos, como la época puede demandar, pero sin la blandura que la época tiene.
Digamos que esta es una de las cosas que más me impactó cuando empecé a leer Amoralejas: no tiene esa blandura posmo que tiene hoy todo lo efímero, y esto desde una postura que es provocativa para involucrar al lector.
Esta postura se ve reflejada en el título, que parte justamente de esa cita que acompaña las primeras páginas, en donde recuerda alguien que dice que a un escritor puede estarle permitido inventar una fábula pero no la moraleja, y con ese juego nos invita a involucrarnos desde un lugar que sea “amoraléjico”, digamos, pero sin significar que da lo mismo todo a la hora de ese involucramiento. Que dé lo mismo todo sería parecido a lo posmo que le falta a estos cuentos, por suerte.
Estas fueron mis impresiones como lector común; repito que, no siendo un hombre de letras, estas fueron mis primeras sensaciones cuando lo empecé a leer.
Ahora voy a contar brevemente cuál es el sesgo de mi lectura. Acá viene la cosa curiosa, la cosa extraña, como tiene que ser para no faltar al deber de un antropólogo.
Todos tenemos un amor que nos complica la vida y en mi caso es la problemática de las identidades que, para hacerla más complicada todavía, se refiere a Argentina. Esto, con todo lo que significa para mí y la pasión que entraña, no me deja nunca un minuto sin poder observar algo en donde no se me aparezca.
De aquí viene que, cuando Daniel me obsequió su libro y me comprometió a leerlo, además de las situaciones que les conté al principio, el hecho de encontrarme con menciones al calor y la humedad de Buenos Aires que no le cambian los cambios de gobierno; o los libros que estuvieron prohibidos, con policías que encarcelan sin dar explicaciones ni escucharlas; así como temáticas que se juegan en relaciones muy nuestras, cotidianas, de personas comunes como cualquiera de nosotros, del tipo de victimización, desamparo, traición, estigmatización, mentira, imposición... Todo este tipo de cosas no pudieron dejar de tocarme la cuerda y por eso, cuando me sonó esa cuerda, me fui a dos cuentos en particular.
El primero me remitió a un momento que para antropólogos y psicólogos, por lo menos de orientación freudiana, es un momento sumamente discutido, estudiado, reflexionado: el momento de la creación.
Los antropólogos, que permanentemente estamos buscando ver en qué nos distinguimos como especie los humanos y cómo pensarnos diferentes a otras especies, encontramos en este tipo de reflexiones, o en este tipo de propuestas, de narraciones, como es el caso del cuento Hijo mío, ¿por qué me has abandonado?, algunas de estas diferencias.
En el centro de esto que Daniel narra en este cuento, aparece una de las características más humanas y más diferenciadora de cualquier otra especie: el narcisismo.
El narcisismo con sus heridas y, en este caso, el espejo de un creador que se enorgullece como con ninguna otra de sus creaciones, en la medida que nos crea a nosotros y nosotros lo vamos sorprendiendo, nosotros creamos pueblos y los destruimos, por ejemplo; tomamos vida propia y autonomía al punto tal de hacer cosas que no dejan de sorprenderlo, hasta que un día hacemos una que por primera vez en toda la eternidad lo hace enojar.
Y allí aparece otra característica, también muy humana y muy discutida a la hora de compara conductas de distintas especies para lo antropólogos. Ese creador que podría hacernos desaparecer, no lo hace porque [...].
Sí termina aceptando que su creación lo ha trascendido, cosa que como especie, además, a nosotros nos pasa a menudo, tanto por la positiva como por la negativa. ¿Cuántas de nuestras propias creaciones nos trascienden y cuántas veces no podemos ponerle un punto final cuando no son positivas? ¿Y cuántas veces, por lo contrario, cuando son positivas, no podemos descubrirnos en nuestras caras a partir de [...]?
El segundo cuento al que me quería referir, que se llama Afonía, es el cuento que desde mi vivencia me llevó alguna vez, cuando Daniel me preguntó si encontraba cosas relacionadas con lo que yo trabajaba de identidad, a que le contestara que sí, que me había sorprendido enormemente.
Es un cuento en el que un personaje central, en su relación con otro personaje, trata de decir de una vez lo que no pudo decir antes. Naturalmente se encuentra con que no puede: no es posible decir de un saque lo que tuvimos que haber expresado en otras circunstancias. Y esto es lo que me impactó en esa relación con la problemática de las identidades.
Lo que pasa en las relaciones entre nosotros como personas pasa también entre nosotros como grupos humanos y puede sucedernos que aquello que durante muchísimo tiempo callamos, que no pudimos ver o no pudimos expresar, cuando llega el momento propicio no lo podemos expresar.
Y aquí hay algunas cosas que quisiera leerles textual.
El personaje, sabiendo que el otro personaje no puede hablar, le dice:
—Disculpá, ya sé que no podés hablar. No te estoy cargando, preguntarte es una forma de decir... ¡Qué sé yo!
Unas líneas más abajo:
—¿Sabés?, mejor que no puedas hablar. En serio, mejor: hoy voy a hablar yo. Siempre hablás vos, pero hoy voy a hablar yo. Voy a aprovechar porque nunca me puedo hacer oír.
Y otras líneas más abajo:
Ahora es difícil, no sé bien qué decirte. Nunca te vi así... La verdad: me da un poco de lástima.
Más adelante reflexiona:
¡Qué idiota! ¡Ahora que tengo la oportunidad quiero que hables! Lo que pasa es que me cuesta decirte lo que quiero. Cuando no puedo, que no puedo porque vos me enrollás y no me entendés hasta que al final te dejo hablar a vos... cuando no puedo pienso que si estuvieses atenta y con la boca cerrada yo me explicaría mejor, que me haría entender, no sé.
Luego hay una mención a un café molido a la vista que está preparando, y tras esto dice:
—Y bue, al final me quedo callado como un idiota. no es que no se me ocurra nada, pero... no sé.
Este desarrollo, que nos lleva a un final absolutamente imprevisible a través de mi lectura, tiene que ver con el sí de mi respuesta a Daniel, cuando me preguntó si encontraba cosas que tenían que ver con la identidad.
Tiene que ver en cuanto a que en la medida que nuestra identidad o nuestras identidades están ahogadas por las circunstancias, y en función de estas circunstancias, vamos resignando tanto su reconocimiento como su expresión.
Cuando llega el momento del estallido, o cuando tenemos la circunstancia aparentemente propicia, no aparece lo que no pudimos reconocer y expresar en su momento.
Finalmente, lo que les deseo a todos los que vayan a leer este libro maravilloso, siempre visto desde mi lugar y desde esta posición curiosa de extrañeza en la que los antropólogos estamos siempre insertos, que así como para mí significó una puerta de entrada a la literatura nuestra actual, desde la ciencia y desde un hábito de no lector de obras literarias, les deseo que sea para todos ustedes, si son lectores habituales, una puerta de entrada para algunas cuestiones que los haga reflexionar sobre lo que nos toca vivir en la sociedad global y en nuestra sociedad argentina en particular, de la que seguramente van a encontrar muchísimas referencias, con espacios nombrados precisamente y con relaciones que son muy nuestras y muy cotidianas.
Cuestiones de esta sociedad que en particular intentamos develar antropólogos y científicos sociales en general, con la particularidad de que no podemos tener esta particularidad que Daniel sí tiene como narrador de, en un minuto y medio o dos que lleva leer un cuento, hacernos vivenciar toda la intensidad que tienen esas relaciones y ponernos a reflexionar acerca de cosas que los científicos acostumbramos a presentar en forma tan teórica y tan difícil que nos hace estar cada vez más lejos de aquellas personas a las que queremos llegar.
Por eso espero que esta sea una ocasión propicia para que, para ustedes y multiplicado por muchos más que ustedes, se dé lo contrario a partir de estos cuentos de Daniel.
Muchísimas gracias.
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