| Me encontraba silenciosamente en mi casa, haciendo las últimas correcciones a mi primera novela, cuando el timbre sonó con molesta insistencia. Era Botellón, un amigo del barrio. Abrí la puerta y por poco se me abalanzó al grito de:
—¡Tu novela, tu novela!
Me sorprendió bastante, porque usualmente es mucho más tranquilo.
—¿Qué pasa, Botellón? ¿Qué te agarró?
—¡Te traigo una oportunidad increíble! ¡Hay un concurso! Le van a dar el premio a tu novela y vas a ganar plata, y viajar, y ser famoso, y vas a conocer mujeres de todos los colores, y...
—¡Eh, Botellón, pisá el freno! Primero pasá... ¿Querés un poco de agua?
—¿Agua? ¡No escuchás lo que te digo, sordo!¿No te interesa nada de eso?
—Mi amigo, a los concursos hay que ganarlos, para empezar. Lo de la plata y los viajes... no sé, dependerá del concurso; pero seguramente esas cosas lleven más tiempo del que tu apuro demuestra. Y con respecto a las mujeres, que por supuesto es lo primero que un escritor busca en las bases de un certamen, digamos que la mía insiste en que me abstenga de las cosas muy coloridas.
—Me parece que te equivocás, lo tuyo es muy bueno, esa es la ventaja. Mirá, acá te traigo las bases de un concurso y el contrato que tiene que firmar el ganador, que seguro vas a ser vos. Tomá, leé.
—¿Querés que lea todo eso ahora? Estoy ocupado, Botellón, estoy...
—¡Yo te explico todo, en menos de cinco minutos! —me interrumpió—. Me las sé de memoria.
Dije «Bueno, dale», y comenzó a emitir detalles como si se hubiese tragado una copia de todos esos papeles.
—Tu novela tiene que ser inédita, con más de 140 páginas tamaño DIN A-4, mecanografiadas a doble espacio y por una sola cara. También exigen que la encuadernes, porque no aceptarán originales presentados con descuido.
—Claro —respondí—, si yo fuera jurado no me gustaría leer un manuscrito a lápiz —aunque inmediatamente recordé que de un manuscrito a lápiz nació Ignatius J. Really.
—Lógico —adhirió mi amigo. Y preguntó—: ¿Tu novela ganó algún premio anteriormente?
—Ya sabés que no —respondí. Y bromeé—: Todavía la tengo en lápiz.
—Bueno, porque no tenés que presentarla simultáneamente a ningún otro premio; cuidado.
—¿Y hasta cuándo debería tenerla en el freezer?
—Hasta que se comunique el fallo, en ocho meses. No es tanto.
—¿No? —me sorprendí—. Porque teniendo en cuenta que es muy difícil yuxtaponer concursos de tal forma que inicie el plazo de uno apenas termina el de otro, esta cláusula me limitaría a presentar la novela a certamen una vez al año.
—No sólo eso —me interrumpió—, porque tampoco podés ceder los derechos. —Y agregó—: A ningún editor en el mundo.
—¡Pero si la escribí yo!
—Pero cuando te premien vas a suscribir un contrato de cesión en exclusiva de los derechos de edición y representación.
—¿A quién? —pregunté.
—A la editorial, claro.
—Si me premiaran —le insistí a su entusiasmo—; pero habrá un ganador entre 300, ¿por qué ponerle plomo en la mochila a los otros 299?
—Bueno, es así —dijo Botellón—, eso a vos no te importa porque sos el que va a ganar.
Su fe era, sin lugar a dudas, exagerada. Aunque siempre fue muy entusiasta en todo lo que hicieran los demás, me llamaba la atención verlo tomar una iniciativa con tanto fervor, incluso cuando esta fuese para que yo haga lo que él me estaba diciendo.
—También vas a tener que permitir la utilización de tu nombre e imagen con fines publicitarios —agregó—, y participar en la promoción allí donde la editorial lo considere adecuado.
—Ah, ya entiendo, tendría que estar dispuesto a recibir elogios en cockteles, rodeado de admiradores pidiéndome autógrafos. ¿Así dice en esos papeles?
—No, pero se sobreentiende. Lo que tendrás que firmar es el contrato, y el compromiso es a participar tanto en España como en América Latina.
—Pero... tendría que estar dispuesto a moverme de un país a otro. ¿Y si esto me perjudica otro proyecto? ¡Botellón: quién alimentaría a mis hijos! —le grité, teatralizando un poco.
—¿Cuántos hijos tenés?
—Una, vos ya la conocés, ¿qué pregunta es esa?
—¡Si tenés una sola no exagerés! Mejor pensá que lo harías por ella, imaginate: el padre escritor, recibiendo un premio de novela, saliendo en los diarios, la gente lo...
—Todavía no sabe leer los diarios —interrumpí.
—Ja, ja —dijo secamente.
—Además me tiene en casa todo el tiempo, ¿qué podría importarle todo lo demás?
—Bueno —dijo—, como ya habrás leído en otros lados, tu participación implica la aceptación de las bases, etcétera.
Lo noté un poco decepcionado conmigo; supuse que por no ponerme a la altura de su entusiasmo, así que intenté mostrar más interés.
—¿Y qué pasaría si algo no quedara claro en las bases? ¿Se iría a un tribunal, a la mediación de un tercero imparcial?
—Imposible —sentenció—: la interpretación de cualquier aspecto no señalado en las bases corresponderá sólo al jurado.
—¡Ah, cierto, el jurado! —dije, componedor—. Sin duda estará compuesto por acreditados nombres de la literatura y la crítica. ¿Quiénes son?
—Bueno, las bases especifican que... —Noté que se había incomodado—. Las bases especifican que los nombres se revelarán... más adelante.
—¿Más adelante? —me sorprendí —. ¿Cuándo? Antes del cierre de las presentaciones, supongo.
—No, no: en el fallo del premio.
—Ah. Será para que los jueces no reciban presiones, ¿no? Nunca falta un mafia que quiere presionar al jurado; hay infinidad de películas hollywoodenses que muestran casos así.
—Tal vez. Vos concentrate en el premio —volvió a la carga— , eso es lo que te tiene que importar. Para empezar, incluye la publicación de tu libro, por lo menos 2.000 ejemplares. ¡Qué te parece!
—Con mi propia publicación on line ya me están leyendo 2.000 personas. Y siguen sumándose, sin esperar ningún fallo; mejor hablame de la plata.
—Eso, la plata: cuando ganes te van a dar 4.500 euros. ¡Qué me contás! ¡En euros, que vale más que el dólar!
—Sí, por eso equivalen a 5.420 dólares. ¿Eso es libre de impuestos? —me interesé.
—¡Dejá esa calculadora! ¡Sos escritor!
—¿Libre de impuestos? —insistí.
—No, hay que descontar el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas; es de allá, de España.
—Ves Botellón, así el premio baja a... —terminé de presionar unas teclas y dije—: 3613 dólares con 33 centavos. Y si me trajera la guita para Argentina también me sacarían una rebanada, supongo.
—¡No te preocupes por estas cosas! Vos tenés que escribir... ¡sos el artista! ¡El genio! ¿Entendés?
—Si, entiendo, soy el artista y por eso a mi bolsillo llegarían 125 euros por mes. Muy romántico. Lo que no entiendo es por qué considerás un genio a quien sólo querrán pagarle 125 euros por mes... si es que ganara el certamen.
—El premio es de 4.500 euros, no de 125 euros mensuales. Repetí: 4.500 euros, 4.500 euros, 4.500 euros....
—Si primero descuento el impuesto que deberé pagar a un estado que a mí no me da nada, y luego divido tus 4.500 euros por la cantidad de meses de trabajo que puse en esta novela... Te hago la cuenta otra vez... —Tecleé y tecleé un poco más, y conclui confirmándoselo—: Tal como te dije, me da 125 euros por mes. Pensándolo bien, me convendría ir a extraer colombio-tantalio al Congo; creo que pagan más. Aunque Brasil está más cerca, ahí también hay yacimientos y...
—¡No podés usar ese aparato infernal! —dijo furioso, estrellando la calculadora electrónica contra el piso.
—Botellón —dije, sin salir de mi asombro por verlo así—, esa calculadora me costó dos pesos —Nunca lo había visto así, excepto por cuestiones de fútbol.
—Dejá de irte de tema, focalizate: el premio es de 4.500 euros y punto; y vos sos escritor, no economista, matemático ni obrero en ningún yacimiento.
—Bueno, está bien, no te enojes. El dinero vendría de las ventas de la primera edición, sin duda.
—No, no, bueno... los 4.500 euros son un adelanto. Ya estarías cobrando anticipadamente. ¡Esa es la ventaja!
—¿La ventaja? Yo había entendido que era el premio por ganar el concurso —dije decepcionado—. Tal vez —intenté ilusionarme—, pronto harían una segunda edición y ahí recibiría otros 4.500 euros de adelanto... ¿no?.
—Bueno, eh... mirá, estas cosas quedan más en claro en el contrato que vas a firmar con el editor. Ahí dice que vos cedés al editor el derecho exclusivo a reproducir, distribuir, vender y traducir en cualquier tipo de edición a tu novela por una cantidad limitada de años.
—O sea que la novela volvería a ser mía en unos... ¿dos o tres años?
—No, eso es muy poco tiempo para todos los riesgos que hay que correr.
—Ah. —Pensé un instante y volví a arriesgar—: ¿Cinco añitos? ¿Seis?
—El contrato tendrá una duración de quince años; pero tené en cuenta que...
—¡¡¡Quince años!!! —no pude aguantar interrumpirlo, y de todos modos no había otra calculadora en la mesa—. ¡Vos estás loco, Botellón! ¡Cómo voy a esperar 15 años para recuperar mi propia obra o cedérsela a quien yo quiera!
—Bueno, no tan a quien vos quieras —volvió a hundir el cuchillo—, porque en tal caso quedarán con un derecho de opción preferente; o sea: si quisieras suscribir un contrato nuevo después de esos 15 años, ellos podrían ejercer ante la ley para...
—¡Pará, Botellón, pará! No creo que pueda sufrir esto durante mucho rato más... —No sabía si hacerlo callar de una vez o permitirle hablar para enterarme de todo. Finalmente dije—: Contame todo de una vez, pero sintéticamente y de un saque, como cuando uno tiene que quitarse una curita.
—Bueno. Si el libro estuviera agotado durante más de dieciocho meses, ahí podrías reclamar los derechos, siempre y cuando haya habido un requerimiento expreso de parte tuya a partir del cual comenzarían a contarse los dieciocho meses. Esto es una gran ventaja para vos, admití.
—Seguí, Botellón, sin comentarios.
—OK. Ellos tendrán los derechos para todo el mundo en todas la lenguas, porque se reservarán los derivados de la traducción de tu novela a cualquier idioma, y además si quisieran podrían ceder el contrato a otro editor sin que puedas negarte.
—Sí, que no puedo negarme a nada ya me va quedando claro.
—Vos dijiste sin comentarios; ahora no los hagas vos —reclamó.
—Es justo —le respondí, e intenté mantener cerrada la boca.
—Por la transmisión de tus derechos de autor, te van a dar un 10% por cada ejemplar vendido; primero se resta el IVA y después se hace el 10%, como es lógico. Esto en España, porque en América se te baja al 8% del...
—¿Menos del 10% es legal?
—Sin comentarios, es tu regla. Para la edición de bolsillo es menos, sólo el 6%. Antes de que finalice marzo te van a pagar lo que se haya vendido el año anterior, siempre que la novela haya salido antes de octubre, lo cual te adelanto que no sucederá porque saldrá justamente en octubre.
—Dieciocho meses... No me preocuparía eso, de todos modos...
—Remember tu regla. ¡Chitón! Escuchá: Tendrán el derecho a reservar el 20% de lo que arroje la primera liquidación en concepto de tus derechos de autor, para hacer frente a posibles devoluciones.
—¡¡¡P...
—¡No digas nada! Dejame terminar, porque el editor tiene sus obligaciones, además de correr sus riesgos. Fijate que para poner a la venta la primera edición no podr... podrán tomarse más de 18 meses, a partir de la firma de este contrato. Y como es justo, ya que las obligaciones deben estar de ambos lados, vos te obligás a devolver corregidas las pruebas en el plazo de una semana, sino al editor, lógicamente, no le quedará más remedio que realizar por sí mismo la oportuna corrección; por supuesto sin que le quepa responsabilidad alguna en el caso de que el resultado no sea satisfactorio para vos.
Hubiese querido explicarle que eso de que corrijan mi propia novela no era de mi agrado; pero para ese entonces había algo que me inquietaba más. Quiero decir, algo que no eran las cláusulas del contrato. Dejé que siguiera.
—Si tus correcciones aumentaran los gastos en más de un 5%, suponete que agregaras párrafos y eso llevara a un aumento en los costos de impresión... bueno, en tal caso ese aumento deberá correr por cuenta tuya.
Sí, mis sospechas parecían ir por el camino correcto. Ningún verdadero amigo podría recomendarme firmar un contrato como este. Comencé a observar con más atención a Botellón, desde sus cabellos hasta las puntas de sus zapatos.
—Quizá esto que siga no te guste —se atajó—, pero tenés que ceder toda la posible distribución de tu obra en Internet. Lo mismo para cualquier soporte electrónico, cuyos derechos serán del editor. Pero fijate que haré... que la casa editora hará por vos muchas cosas a tu favor, como por ejemplo entregarte gratuitamente doce ejemplares de tu novela... aunque claro, necesitará doscientos ejemplares para difusión sobre los que no abonará derechos de autor, por supuesto.
¡Ja, ya lo tenía! ¡Se había descubierto él mismo! Le pregunté:
—¿Aún hay más?
—Sí, claro, vamos por la cláusula vigésima. Quedan algunas cosas importantes, como por ejemplo, en la vigésima primera, donde explica que si por decisiones ajenas a la voluntad de ambas partes la novela no puede ser publicada, el contrato quedará rescindido y deberías devolver los 4.500 euros además de...
—¡Y si ya me sacaron la tercera parte en impuestos! ¿Tendría que poner plata encima?
—Bueno, en tal caso, ejem, comprenderás que cada cual debe hacerse cargo de sus pérdidas...
Ya había sostenido bastante esta comedia: había llegado el momento de descubrirlo.
—Botellón, ¿te acordás quién te puso tu sobrenombre?
—¿No fuiste vos...?
—No, cuando te conocí ya te decían así. Fue uno de los muchachos del club.
—No recuerdo.
—Pero sí recordarás por qué te lo pusieron, eso es algo difícil de olvidar... ¿o no?
—Eh, bueno —murmuró—, estoy con muchas cosas en la cabeza últimamente... No, la verdad es que no lo recuerdo. ¿Qué importa eso ahora?
Entonces lo tomé por sus vestiduras, o mejor dicho por su disfraz, y tirando con todas mis fuerzas le grité:
—¡Basta de farsa! ¡Usted no es Botellón!
—¡No, no lo soy! —respondió el tipo, desafiante, al mismo tiempo que su estatura y sus colmillos crecieron—. ¡Ja, ja, ja! —comenzó a reírse en forma estridente—. ¡Acaso puedes hacer algo, pobre estúpido!
Me hizo dar un paso hacia atrás; pero alguien debía darle una lección. La luz del día no parecía afectarle y, dado que no soy aficionado a las películas de terror, no se me ocurría qué camino tomar. Ya había sacado sus uñas y se me venía encima cuando, ansioso por ganar un minuto más, atiné a decir:
—¡Antes del final, una pregunta! —No se detuvo con esto. Desesperado, agregué—: ¡No le costará un centavo!
Paró y dijo:
—Hazla de una vez.
—Si sus condiciones me obligan a mantener la obra esperándolo para luego, si me elige, atarme esclavo al yugo de sus conveniencias; si mi obra, mi imagen y mi cuerpo le pertenecerán por quince años o más; si los jueces son sus jueces y el dinero que espera darme no alcanza para mi propia manutención; si hasta tendría que pagarle dinero si las cosas van demasiado mal y apenas recibo un 6% liquidado un año después si las cosas van bien; si debo detener mi propia difusión y hasta puede modificar mi novela...
—¡Basta! —me interrumpió—: ¡Haz de una vez tu pregunta, esclavo!
—Mi pregunta es esta —dije—: ¿realmente el servicio que piensa brindarme vale todo lo que pide? ¿Realmente lo necesito, en estas condiciones?
Mi pregunta provocó un remolino nebuloso en la habitación y el tipo comenzó a deformarse, como si el centro de ese remolino lo chupara... ¡y efectivamente eso sucedía! Antes de verlo perderse en ese agujero, alcancé a escuchar «¡Nooo...!», como si cayera a un precipicio, hasta que se disipó el humo y en su lugar quedó, sobre el piso, lo que en un principio pensé que era una pequeña montaña de cenizas; pero sólo se trataba de una torta de mierda.
Entonces me preocupé por Botellón, por el verdadero Botellón, mi amigo; y corrí hacia su casa, temiendo que hubiese sido víctima de tan siniestro personaje. Lo encontré en la puerta, sentado en un banco, tomando mate y comiendo bizcochitos.
—¿Estás bien? —pregunté—. ¿Qué hacés acá afuera? —Todavía no lograba quitarme la preocupación encima.
—Mirando minita —me contestó—. ¿Queré' un mate? |